" La naturaleza no esta muda"
“La naturaleza no está muda, es el hombre el que está sordo”
nos recuerda nuestro querido Terence Mckenna. Esta es la respuesta a la
afirmación de Sartre de que “la naturaleza está muda”. Creo en el Dios de
Espinoza dijo Einstein alguna vez, refiriéndose a la Naturaleza como el
verdadero libro divino de Vida, cuyas paginas pueden ser leídas exclusivamente
en el silencio de la contemplación
Definitivamente hemos de estar muy sordos para no escuchar
la promesa de comunión entre Reinos como una invitación a un gran despertar
colectivo de consciencia. El mensaje de los diferentes Reinos hacia nuestro
Reino es claro y contundente: ¿que tanto mas esperar para recordar su origen
divino y volvernos verdaderos cocreadores del Cielo en la Tierra?
. “El camino más claro hacia el universo es a través de un
bosque salvaje”, nos dice también John Muir.
Durante muchos años escribi sobre mi relación con el reino vegetal
como aliado en la cura interior. Luego de contactar mas en profundidad con la
esencia con el reino fungi, comencé a percibir el mensaje del micelio en sus
diferentes manifestaciones benéficas para la salud. La ceremonia de simbiosis
entre los reinos se esta consumando y por fin estamos visibilizando al
integrante excluido “Hiphae” con sus infinitas posibilidades de asistir en la resiliencia
ecológica del planeta.
Les dejo aquí un
poema que alguien me compartió después de ver ese hongo Ganoderma resinaceum,
que cosechamos de forma silvestre en el valle de Paravachasca. Es muy probable
que el autor fuese inspirado por esta misma variedad de hongo poliporal. Ese
hongo de la foto fue identificado gracias al libro “Hongos del centro de
Argentina”, de editorial Ecoval.
ESPERO QUE ME LLUEVA (Manuel Castilla)
Ese hongo anaranjado y húmedo pegado en la corteza de este
tronco en el monte
es mi oreja y escucho, hasta el más leve, todos los ruidos
de la tierra.
Puedo decir ahora de qué silencio nace el agua y qué oro la
moja para hacer el maíz
mientras crecen enfurecidas las hebras tiernísimas de las
manos del mamboretá mascador de las moscas.
Adivino, ya oscuro, qué savia se derrama y se endurece
haciendo las luciérnagas.
Oigo abajo, disuelta, vagar perdida la negrura hasta
quedarse quieta,
vuelta sangre molida en el lomo del escarabajo.
Estando así, sé del latido en yema del avestruz y su fuga
inútil, ciega,
como en el vientre de una noche redonda y sin salida.
Oigo la greda machacando los mármoles y volverse ceniza.
El esmeralda ahogado, entristecido, trepa por las raíces, se
deshunde
y alarmado y gozoso vuela por naranjales en las alas del
loro.
Estoy brotando húmedo y soy la misma saliva de la vida.
Si ahora me muriese, si un hachero aplastase distraído esta
oreja,
tendría una pena como un río de larga, de irme yendo así
solo a la muerte.
Es apenas un miedo esto que digo. Un rocío que siente que va
a pisarlo el viento.
Sigo vivo mirando cómo teje la niebla
este helecho que al aire dice adiós al olvido,
cómo pasa rameando la víbora la cola enardecida de su tigre
perdido.
Están naciendo hundidos los colores. Sus picos, como pájaros,
quiebran la cal del huevo que los tiene.
Debe ser el celeste el que aparece y subiendo no sabe si sus
ojos son cielo.
Ya trepa el rojo lastimado. Lame sus llagas con sus lenguas
condolidas el fuego.
Rosa en el cháguar, beberá su leche llena de espinas que lo
irán mordiendo.
Y cuando venga el blanco, ese que aún no es blanco todavía,
sino sólo tinieblas,
irá a mojar los pies en la cuajada sombra de la luna.
El amarillo trae una semilla encima y triste que lo agobia
en su otoño.
Cuando se halle a mi lado será como si estuviera regresando
arrugado,
porque es de cobre el monte y es de muerte la hojarasca
reseca.
Todo lo estoy oyendo. Late insomne la vida y me estremece.
Voy a seguir creciendo y escuchando mientras sigo esperando
que me llueva.


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